De sandeces y necedades

“Una estupidez no se puede dominar si no es con otra” (Ortega y Gasset)

El probablemente esclerótico ex dictador Francisco Morales-Bermúdez, ante la orden de captura internacional dictada por la justicia argentina contra él, ha vuelto a declarar. Ha dicho que la tortura de que habría sido objeto un grupo de extraditados peruanos en el marco del Plan Cóndor, motivo de la orden de detención, nunca se produjo, que se trata sólo de un “detalle folclórico”. Pero luego agregó que no tendría ningún problema en “disculparse” con Ricardo Napurí, que fue quien lo denunció.

El señor tiene 90 años y, por lo mismo, una inevitable declinación neuronal. Que deje declarar a su abogado, si no va a acabar autoinculpándose. Irremediablemente.

Menos mal que Martín Belaúnde, ahora congresista complicado con Luis Castañeda, antes embajador intrascendente en Argentina y antes todavía el primer Zar Anticorrupción que nunca halló a ningún corrupto, no puede ejercer el derecho mientras sea parlamentario. Porque, si fuera abogado de Morales-Bermúdez, la condena sería inevitable.

Belaúnde, el mismo que cobró gastos de instalación (viviendo en Lima) porque tenía que cambiar su auto que ya estaba viejito, ha devenido escudero del otrora general y ha dicho que Nolberto Oyarbide, el juez que ha ordenado la captura de Morales-Bermúdez, “es conocido como un juez mediático”. Como si afrentar al juez fuera favorable al cliente.

Oyarbide, de quien apenas sabemos lo que dice Wikipedia, encausó a Carlos Menem por tener (interpósita persona) cuenta en Suiza, le revocó la prisión domiciliaria a Videla, calificó los asesinados de la Tripe A (Alianza Anticomunista Argentina) como “delitos de lesa humanidad”, investigó a los Kirchner por el notable incremento de su patrimonio. No es poca cosa, y aunque también pasó por un escandalete privado en 1997, esto no afectó jamás su posición como juez.

Francisco Morales-Bermúdez y Martín Belaúnde han constituido hoy una pareja antológica, que ha confirmado con creces la cita de Ortega y Gasset que sirve de epígrafe a esta nota.

Iván Tahys, en un esfuerzo que corresponde a quien (presintiendo la calvicie) extraña su irretornable cuarto de hora, ha intentado disputarles el podio, pero la respuesta de Gastón Acurio se lo ha impedido: “no sé quién es el señor Thays”. Y, en un acto de grandeza adicional, ha pedido a los twiteros que dejen de agredir al poeta ignoto.

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