El concierto más mediático que se transmitió en Lima (II)

(…) Pero hay un segundo elemento en la música de Johann Strauss que se disimula en esa aparente ligereza que se le atribuye. Se trata de la inmensa riqueza melódica que se escucha en los valses, polcas, marchas, cuadrillas, galopes y operetas de este genial compositor. “Por el hermoso Danubio azul”, por ejemplo, es una de las piezas más perfectas jamás compuestas. Cada una de sus melodías posee el mismo nivel de calidad y exhibe una cantabilidad irresistible (originalmente fue escrita para un coro masculino); las cuales están articuladas formando un equilibrio de sensaciones que sólo puede ser descrito como clásico y la quintaesencia de lo vienés. Esta vena melódica fue reconocida, admirada y envidiada por titanes musicales como Johannes Brahms y Richard Wagner, contemporáneos de Johann Strauss. Y no en vano el director cinematográfico Stanley Kubrick utilizó extensamente este vals para ilustrar la perfección del universo y, por asociación, la de la tecnología espacial en “2001 Odisea del espacio”, quizás su mejor película y una obra clásica de la ciencia ficción en el séptimo arte.

Ahora bien. La tradición en el Concierto de Año Nuevo establece que “Por el hermoso Danubio azul” sea uno de los “bises”, es decir, un obsequio fuera de programa, junto a la igualmente popular “Marcha Radetzky”, de Johann Strauss, padre. Si vemos el “menú” del concierto de este año encontramos un caudal melódico que garantiza un par de horas de feliz disfrute musical. Curiosamente no se interpretó ninguno de los más famosos valses de Strauss, siendo el plato fuerte una pieza de Josef Strauss: Delirios; vals menos conocido, pero cuya melodía principal uno la sigue tarareando por semanas. En cambio, encontramos una generosa dosis de piezas breves, algunas frenéticas, otras divertidas, pero todas encantadoras. Destacan las polcas “Bajo truenos y relámpagos”, la “Polca del Jockey”y –en una versión cantada por los Niños Cantores de Viena– “Tris tras”; mientras que la “Pizzicato Polca” se ofreció con el añadido de unos brillantes toques sinfónicos.
De otro lado, el Concierto de Año Nuevo incluye piezas de otros compositores afines o contemporáneos a la familia Strauss, como Hellmesberger o Ziehrer; pero también de autores famosos con motivo de sus aniversarios, por ejemplo, Joseph Haydn o Franz Liszt en años anteriores. En esta oportunidad se interpretó el vals y panorama del ballet “La bella durmiente” de Peter Ilich Chaikovski, para saludar a director letón, quien reside en San Petesburgo. Además, el espectáculo se presta a detalles humorísticos, como la inclusión del galope “Ferrocarril a vapor de Copenhague” del danés Hans Christian Lumbye, versión nórdica del compositor vienés (incluida en el programa en reconocimiento a la presidencia danesa de la Unión Europea); una pieza que imita deliciosamente el ritmo de ese medio de transporte y dirigida con la ayuda de un pito por Jansons. Quien además dejó la batuta y se encargó de marcar el compás con dos martillos sobre un yunque de acero durante la polca “Fuegos artificiales” –también cantada por el famoso coro infantil arriba mencionado– y cerrar la polca “Tictac” con ayuda de un sonoro reloj despertador.
Mariss Jansons, de 68 años, es uno de los directores más conocidos del momento. Discípulo de dos de los más grandes directores del siglo XX, Yevgeni Mravinsky y Herbert von Karajan, su estilo compendia la agilidad y vehemencia felinas del primero, con la energía teutónica del segundo, combinación que le cae de perilla a estas músicas. Además, Jansons matizó ambos componentes estilísticos con una cierta moderación en el tempo de los valses y una delicadeza por momentos etérea, solo posible de conseguir por una orquesta como la Filarmónica de Viena, ducha en este repertorio y aportando ese sabor local que discutimos más arriba. Otro aspecto destacable es que Jansons usa todo el cuerpo para dirigir, lo que significa que pertenece al género de directores “coreográficos”; y, dado el carácter vertiginoso de varias de las piezas interpretadas,no sorprende que al final del concierto luciera agotado. Lo que no deja de ser admirable, considerando que el hombre viene de sufrir dos infartos.

Desde el punto de vista audiovisual, la transmisión televisiva fue impecable, aunque el uso de una cámara colgante en movimiento continuo resultó levemente distractiva (por ejemplo, vimos varias veces los focos tras las arañas de cristal en la Sala Dorada dela Sociedad Musical de Viena). Asimismo, y como es habitual, hubo varias secuencias de ballet, en esta oportunidad en el palacio Belvedere y representando el famoso cuadro de Gustav Klimt “El beso”; la que, pese a los esfuerzos del coreógrafo David Bambana, terminaron resultando un poco kitsch (si las sumamos a los, por otra parte preciosos, arreglos florales donados por la localidad italiana de San Remo, que adornan este augusto escenario). Finalmente, la transmisión incluyó un video turístico sobre Viena, con música de “Los filarmónicos”, un grupo de miembros de la orquesta que interpretan obras clásicas ligeras; todo un paseo por la ciudad, incluyendo efectos especiales. En suma un espectáculo cultural maravilloso, del que solo debemos lamentar que no haya tenido una mayor promoción de público.

(Juan José Beteta)

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