En octubre no hay milagros

Como lector, uno de los mejores libros que leí este año fue En octubre no hay milagros, la novela de Oswaldo Reynoso. Esperaba encontrarme con una antigualla de los años 50 y descubrí que se trata –en términos de lenguaje– de una obra muy cercana al gusto contemporáneo; con técnica vigente y planteamientos provocadores, tanto ahora como entonces.

Por ejemplo, Reynoso utiliza oraciones cortas (sin caer en un estilo telegráfico) y capítulos relativamente breves; ambas recomendaciones que se hacen hoy a los escritores para adaptarse al lector acostumbrado a la agilidad y concisión, por el uso del chat, el Twitter y las redes sociales. En un ensayo que acompaña la poco imaginativa edición de Peisa, Miguel Gutiérrez señala –entre otros aportes de Reynoso– “la utilización… de diversos puntos de vista, el empleo del monólogo interior… (…a cabalidad y de manera eficiente) [mientras que] la ruptura de la linealidad temporal en el desarrollo del relato, no oscurecía la historia ni hacía fatigosa la lectura, sino [que] la tornaba más incitante y novedosa”. Esto va en la misma línea de atracción a un lector acostumbrado a la multimedia, una de cuyas características es la simultaneidad textual.

Más adelante en su ensayo, Gutiérrez señala como una de las posibles razones de la subestimación de Reynoso por la crítica es la aparición de La ciudad y los perros, la novela de Vargas Llosa, cuyo “experimentalismo supera a la de sus coetáneos de mayor edad”. Sin embargo, este virtuosismo y complejidad en el arte de nuestro Premio Nobel, podría hacer que la novela de Reynoso resulte más ágil y fácil de leer para el ajetreado lector actual.

Porque gracias a los procedimientos arriba descritos En octubre no hay milagros tiene un ritmo acelerado y directo, las acciones se suceden de manera vertiginosa, al igual que las descripciones (que, como bien señala Gutiérrez, están compuestas muchas veces por imágenes); referidas al universo del mundo juvenil urbano de la Lima de los 50 y 60. La novela pasa revista a los distintos espacios urbanos de la Lima de entonces, así como a los distintos estratos socioeconómicos que los habitan. Vargas Llosa describe una Lima muchas veces gris, sucia, fétida, con tintes oscuros y violentos, casi expresionista; por ejemplo, en Conversación en la Catedral o Historia de Mayta. Reynoso también tiene esa mirada turbada y violenta, pero lo suyo es como una Lima en technicolor, sensual y febril, con esos crepúsculos naranjas (que caracterizan al verano en la capital), pero más superficial y volátil, impresionista.

Pero lo fascinante en la novela de Reynoso es cómo sus historias, que se entrelazan y nos van conduciendo hacia desenlaces amargos y frustrantes, técnicamente se van “deshilachando”, al punto que en el capítulo final ya sólo tenemos oraciones sueltas, intercaladas, para cada uno de los relatos. Lo que en términos narrativos es un crescendo dramático, termina siendo –por este efecto de frases sueltas– un diminuendo. La conclusión, entonces, es casi una extinción. Otro elemento “musical” que me parece central es el uso de la procesión del Señor de los Milagros como un referente que sintetiza la (des)esperanza de los personajes y la tensión erótica que atraviesa a la mayoría de ellos. Hay un contrapunto permanente de este episodio de la vida urbana limeña con situaciones, acciones y descripciones, que ayudan a cohesionar la novela. Al mismo tiempo, este es un componente provocador, ya que se asocia la manipulación política y la homosexualidad con este fenómeno religioso (y social).

Otras características de esta novela son el uso de la jerga juvenil (con algún alarde gratuito), la descripción de una clase media en vías de pauperización, la defensa de una opción política socialista y –al mismo tiempo– de la homosexualidad, no de manera tan culposa como en algunas obras de nuestro Premio Nobel, sino como un dato de la realidad, presente en todos los sectores socioeconómicos. Es fácil suponer –dado estos ingredientes– el escándalo que produjo esta obra en su momento y su vigencia en el contexto de una cultura hipócrita y pacata como la limeña. Todo lo cual justifica su lectura y revalorización.

(Juan José Beteta)

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