¿Culpable hasta que se pruebe lo contrario?

Dicen que se llama Nafissatou Diallo, que es musulmana y de ascendencia guineana. La camarera que acusó de agresión sexual a Dominique Strauss-Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional, ha reconocido que no dijo totalmente la verdad. Cuando los fiscales norteamericanos tuvieron claro que la mucama no había denunciado el estupro de inmediato, como manifestó al principio, sino que luego de la supuesta violación había limpiado una habitación vecina, que después de eso había retornado a la habitación del ejecutivo internacional para terminar de arreglarla y que sólo a continuación había hecho la denuncia ante su supervisor, supieron que algo extraño se había cocinado. Aún no se sabe en qué cocina, pero ya se sospecha. Pronto se sabrá.

Strauss-Kahn fue desembarcado del avión y vergonzosamente esposado. Posteriormente fue encarcelado y después sometido a arresto domiciliario. La humillación fue de tal magnitud que debió renunciar a su cargo en el FMI y tuvo que declinar sus aspiraciones presidenciales en Francia, mucho más sólidas según las encuestas que las de su rival, Nicolás Sarkozy.

La mayoría de los franceses, intuitiva, expresó su convicción de que la acusación contra Strauss-Kahn era una conspiración política. La popularidad del director del FMI se asentaba en el significativo giro que había experimentado el Fondo hacia posturas menos draconianas que aquéllas a las que había acostumbrado al mundo. El papel del FMI en la post crisis había sido alabado por tirios y troyanos y su postura ácidamente crítica contra los banqueros que la causaron, resultaba sorprendentemente bienvenida por la opinión pública. Sin ser un revolucionario, ni mucho menos, Strauss-Kahn había logrado “humanizar” la imagen del organismo financiero internacional menos querido por el mundo.

Ahora Strauss-Kahn está libre. La acusación aún no ha sido sobreseída pero todo apunta a que lo será. En Francia ya se habla del renacimiento de su candidatura presidencial.

No descuidemos el símil de lo relatado con acusación y persecución  similares contra Julian Assange, el de Wikileaks, a poco de haber iniciado la publicación de los cables secretos de la diplomacia norteamericana. Hoy, gracias a la difusión de estos cables, ya sabemos cómo es que se manejan las relaciones internacionales de los Estados Unidos. Aquí en el Perú, los wikicables permitieron descubrir la incontinencia verbal y el verdadero empleo de Fernando Rospigliosi y dieron el primer gran impulso al crecimiento de la candidatura del actual presidente electo, Ollanta Humala.

Un principio fundamental de la democracia, dicen, es la presunción de inocencia: nadie es culpable hasta que se pruebe lo contrario, la duda favorece al acusado, etc. Lamentablemente este principio ha dejado de tener valor práctico. En no pocos casos, la presunción se ha invertido. La presunción de culpabilidad se da ahora, por ejemplo, cuando una mujer denuncia a un varón de agresión sexual.

Assange y Strauss-Kahn, en ese orden, son víctimas de esta postura kafkiana prevalente: basta que alguien te acuse, sin que medie prueba alguna, para se te presuma culpable. El uso arbitrario, desde el poder, de la presunción de culpabilidad  para “eliminar” personajes incómodos, se ha vuelto parte del juego de agencias y de agentes. Basta contratar a una o más mujeres para que conviertan sexo brusco consentido, provocado por ellas, en agresión delincuencial, contra ellas; en denuncia velozmente procesada y en sanciones expeditas y antecedentes descalificadores. Que la carne es débil y que el hombre puede ser imbécil se sabe desde Adán, pero ni la feminista más extrema podrá asegurar que no existan varonas venales dispuestas a liquidar a un personaje renombrado a cambio de una buena remuneración.

Cuidado pues. La solidaridad con la víctima es enaltecedora. Sólo hay que asegurarse bien de quién es la víctima. De otro modo, nuestra solidaridad puede transformarse, fácilmente, en complicidad con el verdugo.

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