¡Viva la muerte!

No podemos estar seguros de que la primera “hazaña” del matador se produjera en El Frontón. Habemos memoriosos que recordamos que, mucho más joven, el matador cargaba en su auto un pequeño arsenal que fue descubierto por la policía en las afueras del Palacio Legislativo.

El matador, cuando joven, era sólo matón. Disfrutaba del poder del verbo vacío y anhelaba sitio en el jet set. Pero en el avión de los mundanos exitosos sólo hay invitados transitorios e infiltrados pestilentes. Alternó roles el matador, de invitado a infiltrado y al revés.

Ordenó matar en El Frontón y en otros penales porque un motín de subversivos presos concidía con la reunión internacional que, creía él, lo acercaba al parnaso socialdemócrata. No podía aceptar que unos “terrucos”, armados de tubos y de lanzas,  le arruinaran el ingreso. El matador ordenó entonces matar.

Alentó al tiempo  a un llamado Comando Rodrigo Franco que sólo era una manada de búfalos disfrazada de Fuerza Delta. Pero lo asaltaba una pregunta: ¿qué hacer con su lustrosa tropa de élite? Como su inteligencia sesgada sólo aloja frases huecas, su reflexión fue sencilla: tengo hombres dotados para matar, que hagan lo que saben. El matador ordenó entonces matar.

Salió del gobierno por las patas de sus congéneres. Fracasó en todo y, para colmo, era un matarife incompetente. Quien lo siguió fue un carnicero de la peor especie. El matador (¡ay, el matador!) no podía aceptar que alguien lo superara en nada. Contra todo pronóstico, el matador de discurso inflamado y vacío, volvió a gobernar.

El matador se quiso disfrazar de Álvaro Uribe pero no cabía en el disfraz. ¿Cómo un enano podía poner orden en un país terriblemente alborotado y él, que era un gigante en un país no tan alborotado, no? El primer paso fue asegurar su ventaja tridimensional. Engordó hasta parecer Jabba the hut.

Luego decidió repartir la selva y las comunidades nativas (con sus lanzas y cerbatanas) se opusieron. ¿Cómo, dijo él, quién se atreve? El matador ordenó entonces matar. Mató y murió. Tuvo que retroceder totalmente y encontró culpables: un símil del Cristo Pobre, una profesora tarrajeada por cortesía de Rómulo León y una ministra simpaticona futura candidata a nada.

Ofreció el matador que su sucesor sería alguien que no fuera de su desagrado y resultó ganando la elección quien él menos quería que ganara. La gente se había empecinado en maltratar al matador. No podía despedirse sin venganza.

Durante su gobierno había lotizado el país y había entregado la mitad a los mineros. La gente, que se había empecinado en maltratar al matador, dijo que no muchas veces y, al final de su gobierno, volvió a decir que no. Puno fue el escenario emblemático del rechazo. El matador empezó a tansformarse en monstruo (bueno, el cambio no fue tan notorio). Ordenó entonces matar.

Ha ordenado matar, el matador, por última vez. Quien viene podrá hacer un buen o un mal gobierno, no podemos apostar, pero loco de atar no está. Algo es algo, para comenzar.

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